La locura de los cuerdos

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Dicen que si a la vida le das la vuelta, te sale muerte, pero a mi me sales tú, que pusiste la mía patas arriba nada más me dijiste el primer “hola”. Me sales tú, que hiciste de los latidos de mi corazón un jodido concierto de rock, de esos que sólo se disfrutaban en los 80. Me sales tú, que me hiciste volar la primera vez que me besaste, pero sin alas ni nada, como si Red Bull me hubiera pagado millones para protagonizar uno de sus anuncios. Me sales tú, que con tu primer te quiero hiciste arte abstracto en mis sentimientos, y ni yo misma sabía lo que pasaba, aunque muchos quisieran intentar entenderlo.

Quizá es por esa comparación de que una vida sin muerte no es vida, y mi vida sin ti, tampoco lo es. Decir que sin ti no soy yo queda tan típico como comer las 12 uvas en Nochevieja con personas que sabes que no vas a volver a ver hasta dentro de un año; pero es que si no, ¿cómo lo defino? Eres como andar descalzo en verano, como esa patata gigante de la bolsa que coges corriendo para que nadie te la robe, como el moño de estar por casa, como quitarse el sujetador nada más entrar por la puerta y librarse de los tacones tras una noche de fiesta. Y, hablando de fiesta, ¿quién quiere estar rodeado de música estridente teniendo tus susurros en mi oído mientras montamos nuestra propia fiesta en la cama? Habría que estar loco para no preferir tu piel desnuda rozando la mía a ese olor a feromonas que transmiten los antros de Madrid. Habría que estar loco para no preferir tus besos a las babas que se van pisando cuando vas a una discoteca cualquiera. Habría que estar loco para emborracharse con alcohol barato del Mercadona en vez de con tu sexo, que aparte de dejarme más en las nubes, no me da resaca. Y también hablando de resaca, habría que estar loco para querer superar una con más cerveza en vez de con tus caricias, que superan 29091313811 veces al ibuprofeno.

A mí que me decían que estaba loca, y ahora me doy cuenta de que los locos son ellos, y que los únicos cuerdos somos nosotros, que a pesar de cuerdos, no nos atamos, aunque estemos unidos. Como si las dos partes de la naranja se hubieran reencontrado y para lo único que quisieran separarse sería para hacer zumo juntos, como si no les hiciera falta la piel, ni ninguna coraza, tan solo ellas dos, al natural, sin importar lo que el mundo diga ni pueda cri
ticar, sin importar que sin su piel serían más débiles, porque juntas, joder, juntas son más fuertes incluso que un diamante.


La locura, a tu lado, es menos locura. Así que pongamos patas arriba el mundo, que ahora somos los cuerdos.

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