Que lo hagan.

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Que me critiquen. Que lo hagan cuanto quieran porque eso quiere decir que algo estoy haciendo bien. Que me intenten hundir. Que no saben que hace mucho que aprendí a nadar incluso en mares de sangre, que aprendí a flotar incluso en arenas movedizas. Que me insulten. Que me intenten destruir con palabras, que aunque es verdad que una palabra duele más que un puñetazo, hace tiempo que soy inmune a los insultos, no saben que mis glóbulos blancos están hechos unos toros y no hay quien los pare, que son mejores que la armada invencible (un nombre no muy bueno, para su trágico final). Que me miren. Mal o bien. Hace un tiempo que camino por la calle como si no hubiese nadie a mi alrededor, y las miradas no son más que un sustituto de las farolas a las 4 de la tarde, o de los semáforos de las calles de un pueblo medio vacío, es decir, simples complementos. Que rían. Que lo hagan hasta quedarse sin alma, hasta quedarse sin voz, que no hay cosa más bonita que la risa, sea por lo que sea, y quién soy yo para decirle al mundo por qué es por lo que tiene que sonreír. Si una risa no es sana, al final, el Karma, terminará haciendo de las suyas y la convertirá en lágrimas, y no veas si son amargas las capullas. Que no me contesten. A ver si se van a creer que el tic azul del Whatsapp va a amargarme la vida, hace un tiempo que no mido mis estados de ánimo o mis emociones por la última hora de conexión, si no por la última hora en que le besé, o en que me sonrió, y claro, los demás son indignos de mis pensamientos. Que me fallen. He cogido la costumbre de tachar de mi lista a todos aquellos que se fueron, y llenar el folio de garabatos que me hacen sonreír, deberían saber todos ellos que por 3 que te fallen, siempre habrá uno que nunca se irá, y eso es lo que debería importar siempre. Que me dejen sola. Que como bien dice el dicho, más vale solo que mal acompañado, y yo no quiero compañías que no me merezcan, que con una persona que me acompañará toda la vida, tengo más que de sobra.

Que no, que no me importa nada. Que ahora soy valiente, que he aprendido a luchar. He aprendido a seguir adelante. He aprendido que no hay mejor lección en la vida que un buen bofetón en la cara, pero sin poner la otra mejilla. He aprendido que quien bien te quiere, te hará llorar, pero de emoción; y que si no es así, te abrazará hasta que se te pase, porque lo más horrible en este mundo para él es verte llorar. He aprendido que quien no está en las malas, no se merece mis buenas, y que mi verdadera sonrisa sólo merece verla quien haya conseguido sacármela cuando no paraba de llorar.

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